Cucina Stellata ✦ Starred Cuisine

Cucina Stellata · Historia y cartas

El diario del cocinero, tres cartas escondidas y la correspondencia final. La historia empieza con sus secciones cerradas.

Cucina Stellata
© Filthy Eden
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Las cartas de los tres cajones ponen en duda lo que el cocinero cuenta sobre su pasado. Al abrirlos todos, la carta de Stella aparece después de las escenas finales.

Personajes y voces

El cocinero

El cocinero busca un sabor extraordinario y registra su apetito creciente en el diario. Las cartas escondidas revelan graves conflictos en su trabajo y su familia.

Stella

Stella escribe la última carta. Recuerda el daño que él le hizo, su esperanza de poder ayudarlo y el momento a partir del cual ya no pudo seguirlo.

La voz del profeta

La voz habla al hambre del cocinero y menciona a un poeta que cantará para ella. Sus cuatro pasajes acompañan el acertijo de escritura.

Diario 01

Dicen que la curiosidad es una trampa peligrosa, que arrastra al hombre hacia abismos de los cuales nunca surgirá de nuevo. Tales palabras provienen de ese mismo mundo hipócrita que niega la importancia de comer; y, sin embargo, no hay festín, civil o religioso, en el que no se tienda la mesa y los invitados no procuren devorar de la mejor forma.

Por eso digo: siempre elige, como materia prima, piezas de la más alta calidad, ya que estas dejarán huella. Y si este precioso fruto, cuya procedencia ignoro, es tan raro como creo, entonces debería costar tanto como, o incluso más que, las trufas.

Pero uno debe ser cauteloso con su esperanza y fervor, pues en las plegarias silenciosas ya habitan las penas ocultas.

…Amparado por la gracia de Dios, me resulta aborrecible, y, aun así, ese apetito insaciable permanece.

Diario 02

Banquetes como este me hacen sentir tosco tanto en el arte de cocinar como en el de degustar.

Quedo maravillado ante deleites y excelencias que superan toda comprensión. Con mis anhelos más exquisitos ya saciados, no sabría decir dónde me encontraba después del último bocado. La silla había desaparecido, los cubiertos se habían perdido, y yo quedé absorto en los colores que la mirada engendra en la densa oscuridad de los párpados cerrados.

Tal era el éxtasis que bien justificaba el esfuerzo: satisfacer cada curiosidad y reavivar el fuego y el horno de mis deseos. Siento el impulso de retomar la labor y sumergirme, cual buzo en aguas profundas, en la búsqueda de todo lo bueno y bello.

Afirmo a menudo que uno no debería regresar a la comida salvo cuando el estómago clama por ella, mas heredé de la naturaleza unos instintos eróticos casi ingobernables. Tal vileza rozó la ruina de mi salud y de todo lo demás. Sin embargo, si el hombre no sintiera hambre, ni el despertar del deseo, la raza humana llegaría pronto a su fin.

Por ello, me ofrezco de nuevo a nuestra longevidad. Ollas y tapas, ábranse de par en par. Inúndenme con cazuelas, aromas salvajes, salteados y trenzas de ajo, ¡que ya estoy de vuelta entre ustedes!

Diario 03

Tiemblo ahora de anticipación, apenas capaz de contener el dedo que recorre mi bigote, inquieto, impaciente, como si quisiera esparcir los vestigios de un sabor sobre mis labios deseosos.

Ni dulce, ni amargo, ni ácido, ni salado. Quizás ni siquiera sea un sabor, no realmente. Es un escalofrío cautivador que se desliza por la boca y la garganta. Viscoso e inimaginable, deja tras de sí tan solo el vivo eco de un regusto que jamás mengua.

No hay manera de describirlo, pues no existen palabras para definirlo.

Diario 04

Una vez más, veo ante mí una luz que late como entrañas que suspiran. Tal es el éxtasis, que mis manos ya no buscan alcanzarla ni aferrarse.

Ahora, me despierto como de un sueño. Mi lengua deambula entre mis dientes; un saqueador de ruinas antiguas, busca un tesoro de sabores desconocidos al paladar humano, los cuales nunca hubiera esperado saborear. Una sombra como nada que las papilas gustativas del mundo hayan percibido jamás. Y, mientras lo devoro, este también me devora.

Su sola presencia opaca todo lo demás, infectando los ingredientes en una copulación enrevesada y dando fruto a sabores igual de retorcidos. Sabores que ningún hombre se atrevería a probar. Nadie, salvo por aquellos que se han liberado a sí mismos del dogma de la tradición culinaria, logrando convertirse en conquistadores de sabores ultraterrenos. Cual pintor descubriendo un nuevo color, un nuevo matiz aterrador que siempre ha permanecido ignorado ante nuestros ojos, ennegrecido y atrofiado, inmaduro, desprevenido ante la maravilla y el trauma.

Diario 05

Solía decirse que la sopa era el forraje del hombre, pero esta parece más bien la de ángeles y demonios, ogros y mazapégul, magalassi y marmàcule, espíritus y esencias del mito.

Siento cómo a mi estómago le rechinan los dientes, exigiendo con ímpetu un festín bestial. Escucho el llamado ancestral del hambre y distingo cada una de sus palabras. Ahora, el paladar; ahora, el intestino grueso; ahora, la misma bilis con sus olas ácidas; y, también, las papilas gustativas chillonas, que cantan con estridencia y picor sus notas claras.

Con el paso del goce, ay de mí, asciende vertiginoso, desde mis profundidades intestinas, tal ímpetu, tal irrupción espasmódica que me otorga una comprensión y compasión por todas aquellas bestias salvajes y primitivas, conquistadas por las pasiones y la violencia de la carne.

Diario 06

¡En la naturaleza del gusto existen ciertas leyes ocultas que nunca hubiera imaginado! Siento cómo cada fibra de mi cuerpo se retuerce y se contorsiona, presa de una sensación nueva con cada mordida, porque esta carne no pertenece a la tierra, ni este sabor se conforma al orden humano. Un solo y miserable bocado, tal es su poder, arrastra el alma hacia un resplandor cegador que fulmina y desintegra todo pensamiento. Cuanto más se acerca esto, más pierde sus virtudes habituales la otra comida. El vino se vuelve agua, el pan se convierte en ceniza e incluso el aire parece estar cargado de un olor imperceptible.

Nada borra esta sombra de mi lengua, como si mi propio cuerpo estuviera aprendiendo una nueva forma de percibir el mundo, una errónea y prohibida. Sin embargo, lo más terrible, en lo más profundo de esta noche húmeda, con la garganta seca y el estómago que se vacía tan rápido, es que algo en mi interior aún anhela ese sabor.

Diario 07

¡Cuánta desgracia y pena! ¡Qué noticia tan nefasta! ¡Oh, pantano maldito, oh, marisma maloliente, oh, tierra impía que me acoges desde que era niño! ¿No sientes piedad alguna por tus hijos? No dejas que el alimento dure, ¡y justo este, tan dulce y preciado! Nunca provees abundancia. Y por ello, te maldigo. ¡Te maldigo!

Y, no obstante, me pregunto: ¿cuántas horas habrán pasado? ¿Una, dos, o tal vez más? Pero no más de una noche, por Dios, y ya el cuerpo cede, se desmorona, fermenta. La carne chisporrotea, gime en su cruel hedor; y yo, aún prisionero del paladar, no pensé en custodiarla. ¿Cómo hubiera podido?

Oh, pero ahora sé muy bien cuán maldita es mi casa, y cuánto odio guarda el Dios que desde allá arriba la observa.

Diario 08

No me queda más que entregarme a las manos del destino.

Que este cambio de aspecto y estos aromas, a pesar del hedor, mejoren el sabor, como ocurre con la vid, los quesos y los embutidos madurados; pues bien sé que los alimentos en mal estado, en ocasiones, guardan efectos inesperados.

Diario 09

Esta vez, la cata fue como un paseo a mediodía en el verano; un recorrido turbio y laberíntico por un jardín florido, donde el camino estaba teñido de colores y exhalaba fragancias como en un sueño. En ese lugar, vasto y luminoso, me pareció que todo el curso de mi vida se deslizaba ante mí.

El sendero se abría en un arco de hiedra dentada. Me abría paso por un desfiladero, entre manchas de luz y sombra, apoyando el pie, donde las ramas se abrían, sobre charcos de mucosa dorada. Y, bajo los árboles a la izquierda, mantos indistintos de prímulas faríngeas se extendían como una alfombra.

Parecía que el aire me depositara suaves besos sobre la piel. Desde las profundidades del bosque llegaba el arrullo de las palomas silvestres, mezclado con el gorgoteo gástrico y acogedor de un arroyo. El suelo allí estaba tan colmado de prímulas que era imposible no pisarlas, en medio de ese revuelo digestivo.

La suavidad del aire y el verde de las frondas, goteantes de licores enzimáticos, casi me infundían reverencia. Salí, por fin, de aquel jardín, a través de un orificio entre setos y arbustos, sudado y deshecho, cual hombre recién salido del vientre materno.

Diario 10

Al final, él también me abandonó. Y, por su culpa, por esa mezquina venganza suya, tengo prohibido regresar a aquel jardín celestial, donde la alegría habita más allá del tiempo.

No puedo aceptar una despedida de esos campos felices. No así, no ahora, no después de haberlos visto.

Y, sin embargo, toda una energía nueva corre por mí; fluye de arriba hacia abajo, transportada como en un bolo hasta lo más recóndito de mis entrañas.

Me parece que yo mismo he cambiado: es la conclusión más clara, y también la más amarga. Por lo tanto, ¿por qué no habría de haberme convertido en parte de esta espléndida esencia, un eslabón de una cadena metabólica que siempre encuentra paz en los excrementos más viles?

Diario 11

¡Qué repugnante desgracia! Un sabor acre y picante, una burda imitación, un recuerdo desvanecido de su pureza original.

Quizás demasiado diluido, el espíritu de lo bueno y de la bondad se ha dispersado en el camino. Tal vez sus virtudes y sus gracias han pasado al estómago, y de ahí a todas las carnes.

No me queda, pues, más remedio que entregarme a la última prueba.

Diario 12

Me doy cuenta, con cierta sorpresa, de lo insignificante que es mi mejilla. Cortármela apenas me ha dejado un temblor en las pestañas y un fino velo de lágrimas en los ojos. Aún así, por una necesidad contraria, estos arden como una llama sobre heno seco, consumidos por la sequedad, como tierra agrietada por la sequía, que ya ha evaporado hasta la última gota del alma antes de que pueda caer.

Y así sucede que, como quien mira fijamente durante demasiado tiempo al sol en lo alto del cielo, sin encontrar refugio bajo la sombra de la noche, yo también ardo profundamente, sin que haya llanto alguno que apague ese fuego.

Diario 13

Siento que la energía me abandona; sin embargo, la majestuosidad de ese suculento deleite aún perdura.

Me queda poco tiempo y debo aprovecharlo bien, pues lo único peor que la ruina es el recuerdo del gozo que fue encontrado y luego perdido.

Te lo suplico, no puedo, no quiero ser uno de los que se ven obligados a renegar de su propio orgasmo. No me conviertas en Tiresias, quien conoció el placer de la mujer y luego fue despojado de él; no me conviertas en Lucifer, bendecido por la gracia del Señor antes de caer; no me conviertas en el trágico Doctor Fausto, cuya sed de conocimiento escribió por sí misma el epígrafe de su eterno castigo.

Dios, espíritu o Diablo, quienquiera que seas, concédeme aún un fatal anticipo. Concédeme aún un hilo de aceite sobre esta sopa tibia, aquella a la que llamo mi vida.

Cartas escondidas 01

De nuevo sales con la prosa elegante. Leer tu carta fue todo un parto.

¿Así que volviste a rogar por trabajo? ¿Olvidaste todas esas veces en las que regresaste a casa lleno de moretones? Toda la tripulación te odia. Pensé que enseñártelo a golpes haría que aprendieras, pero parece que no.

Sé que eres bueno en la estufa, créeme. Pero, honestamente, te sobra aire en la azotea, y aquí no hay sitio para sabelotodos. Siempre te la das de dueño y no pasas ni una broma. ¿Te crees el chef personal del Rey o algo así? Bueno, acá no buscamos ningún "visionario". Necesito cocineros humildes para alimentar a los hambrientos después de una larga jornada en el campo. No te soporto y no soporto tus arranques. ¿Crees que tenemos tiempo para estar pendientes de cada vez que se te enciende la mecha cuando estás de mal humor? Si no sabes servir a la gente, no puedes servir platos. Al final del día, a las posadas les hacen más falta las mulas que los pavos reales.

Cartas escondidas 02

Mamá,

Tengo que reiterarlo porque veo que todavía te quedan esperanzas: no iré al funeral de mi padre, y tampoco iría aunque me prometieran una compensación. Él no significa nada para mí. No hay ni una pizca de él en mí, y le doy gracias al Señor por eso. El día que falleció, la sopa hervía a fuego lento como siempre en la olla, y afuera soplaba el viento como todas las otras noches. Murió tan solo un sujeto, y tú bien sabes qué clase de demonio era, un tipo como él. Que lloren, entonces, en el funeral de un borracho, un alborotador y alguien que solo sirve para pisotear la tierra. Yo no participaré en eso.

Es más, no he acabado: ese día me será más querido que San Rufillo, pues por fin podré volver a poner un pie en mi casa. Esa que él ha explotado sin mérito alguno, como una bestia en el granero, mientras que, por mi parte, habría sacado de ahí una pequeña joya. Yo, que tuve que hacer las maletas y llevarme mis huesos.

Pero mi venganza será recuperarla, y tal vez, en realidad, debería haberle prendido fuego hasta a las vigas y los recuerdos, para compensar la injusticia de que me hayan dejado como un mendigo, un don nadie. Me hicieron hijo a la fuerza, pero tuve que convertirme en hombre por mi cuenta. Y no vengan ahora a derramar lágrimas de misericordia, porque no sé lo que es eso.

Que les vaya bien a ustedes, y que a los muertos se los coman los gusanos.

Hasta pronto, madre.

Cartas escondidas 03

Cuñado,

Por mucho que mi alma se repugne con solo pensar en ti, debo escribirte una vez más.

No sé si solo sufres de simple atrevimiento o pura falta de vergüenza, pero no importa. Entrar en casa ajena, aullar como perro y lanzar palabras como piedras es una violación imperdonable. Un error como ese, espero que lo sepas, es algo que no te permitiré cometer de nuevo. La ira no es algo que me suele controlar, pero mi sangre aún puede hervir, y mi alma aún puede entrar en frenesí si alguien se atreve a dañar a aquellos a quienes quiero.

Aún advertido, regresas nuevamente, gritando sobre tu supuesto dominio sobre ella. No repetiré esto: una mujer no es algo que se posea como un frasco en la despensa o un animal atado a un poste.

Luego de frustrar todas sus cariñosas muestras de afecto, vertir todo el veneno de tu vida sobre su cáliz e incluso quitarle toda conciliación de sueño, ¿nada de eso te es suficiente? Ni siquiera te atreves a retornar arrepentido. En vez, te muestras deseando aquello que perdiste, como un perro que chilla por recuperar el hueso que acaba de roer por completo con sus viciosas fauces.

Que te quede claro: no soy santo ni mártir, y si alguna vez se te metiera en el corazón la idea de volver, no hallarás ante ti a un hombre, sino al cañón de un fusil. Me arrepiento de haber fallado en castigarte con su plomo la última vez que te atreviste a ensombrecer nuestra fachada con tu presencia. Y harías bien en rezar por que mi arrepentimiento permanezca como tal; si tu respuesta no es lo que espero, no aguardaré a que vengas por ella. Yo seré quien irá por ti. Recuerda: sé exactamente dónde encontrarte, en esa choza decrépita en la que escondes tu cabeza.

Palabras del profeta 01

Siéntate a un lado y contempla la estela de mis regalos.

Pues estos caen en silencio; resplandecen, sacian a los cerdos de cara al banquete.

Y yo amo a quien se arroja gruñendo en los remolinos sin fondo, veloz, sin importarle el alternarse del llanto y la risa.

Palabras del profeta 02

Obedece a la más primordial de las leyes: la del hambre y la embriaguez.

Abandona los viejos pecados, pues ante ti tienes al rey del dulce imperio y de la gran gula.

Llámame aquel que solo aplaca los remordimientos.

Nadie aquí condenará tus mejillas regordetas, ni el buche hinchado de las ardientes pasiones.

Palabras del profeta 03

Llámame ladrón de vidas, impostor y mentiroso.

Escúchame con la voz que más disfrutas, la que le daba brillo a las noches estrelladas.

Abre tus fosas nasales al aire pestilente que atormenta y sale de las madrigueras de las bestias,

que a donde va se abre paso,

en la pulpa de una mente como el primer gusano en la manzana del Edén.

Palabras del profeta 04

A través de los vastos desiertos del hastío fui testigo de tus ansias jamás saciadas.

Desde la oscuridad de los agujeros y las noches solitarias vi la espuma resplandeciente del placer,

del deseo que crece y se multiplica, impulsando el infinito hacia los recovecos más profundos de la mente.

Por fin, mi voz alcanzó a un trovador que cante mis canciones de misterio, que busque en la noche el más exquisito de los cadáveres.

Carta final

Amor mío, habría querido que las cosas fueran diferentes para ti.

Tenías algo especial, ¿lo sabías?

Intentaron convencerte de que no encajabas...

Y, una vez que empezaste a creerlo, cambiaste.

Verte así fue doloroso. Tan furioso y violento.

Tú me hiciste daño también. ¿Recuerdas?

Creía que podía salvarte. Me equivoqué.

Pero ellos también se equivocan, cuando se burlan de ti y te insultan.

Profanan tu nombre para sentirse bien consigo mismos,

mas tus errores son los suyos también.

Hasta el final tuve esperanza, pero no pude bajar ahí contigo.

Estaba demasiado oscuro. Espero que lo entiendas.

Esta noche, sin embargo, el cielo se ve más claro de lo habitual.

Y quizás no debería, pero quiero volver.

No te preocupes, que no me quedaré.

No le quitaré tiempo a tus recetas ni a tu escritura.

Estaré ahí para decirte que te vi, que sostuve tu mano el tiempo que pude.

Y, si quieres, me leerás algo de lo que has escrito.

Luego, me iré.

Siempre tuya,

Stella

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